Hay etapas de la vida en las que una cree que todo tarda demasiado.
Tarda en llegar la calma.
Tarda en sanar lo que dolió.
Tarda en aclararse el camino.
Tarda incluso en volver a sonreír sin esfuerzo.
Pero con los años una aprende que no todo lo valioso ocurre deprisa.
Hay cosas que necesitan silencio.
Y hay flores que no nacen en primavera… nacen después de la tormenta.
Hoy entiendo que esperar no siempre fue perder el tiempo.
A veces fue madurar.
A veces fue fortalecerme.
A veces fue la vida acomodando en su sitio lo que yo quería resolver de inmediato.
Cuántas veces me desesperé por respuestas que aún no estaba lista para entender.
Cuántas veces quise abrir puertas que no eran para mí.
Cuántas veces pensé que algo se terminaba, cuando en realidad apenas comenzaba una versión más consciente, más tranquila y más fuerte de mí.
Ahora miro distinto mis pausas, mis cambios y mis despedidas
Porque incluso en ellos algo estaba naciendo.
Aunque yo no lo viera.
Aunque todavía no floreciera.
La vida tiene una forma muy sabia de sorprendernos cuando dejamos de pelear con sus tiempos.
Y entonces un día, casi sin notarlo, vuelve....
Vuelve la paz.
Vuelve la risa ligera.
Vuelven las ganas.
Y una descubre que estaba creciendo bajo la tierra, en silencio, preparándose para volver a florecer.
También florece lo que ha sabido esperar.
También renace lo que parecía cansado.
También vuelve a brillar el alma que alguna vez se sintió perdida.
Tal vez de eso se trata esta etapa de la vida:
de confiar, de agradecer, de seguir,
y de entender que lo bueno no siempre llega rápido…
pero llega...

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